Música y espectáculo… ¡Estamos vendidos!


El tránsito del siglo XX al XXI nos ha traído una profunda transformación en el ámbito de la cultura. Vargas Llosa dice que “la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer(1). Incluso advierte que quizá ya haya desaparecido, en un mundo mucho más interesado en el entretenimiento y la necesidad imperiosa de escapar al aburrimiento. Como consecuencia, la cultura de nuestro tiempo se ha empobrecido, se ha frivolizado, dando lugar a lo que él llama “la civilización del espectáculo”(2).

Junto a la frivolidad, destaca otro rasgo característico de la cultura actual, la masificación, que para Vargas Llosa ha favorecido “la exaltación de la música hasta convertirla en el signo de identidad de las nuevas generaciones en el mundo entero”(3).

En España encontramos la expresión de esta masificación en los macroconciertos de música actual, que llegan a congregar en una sola noche a decenas de miles de espectadores, bastantes más de los que consiguen los festivales de música clásica en verano a lo largo de toda su edición.

Si hablamos de los conciertos de programación habitual, puede apreciarse una progresiva, aunque lenta, recuperación del público, después de varios años de verdadera crisis. El último Anuario de la SGAE, refleja que en 2016 hubo 4,5 millones de espectadores en los conciertos de clásica y 22 millones en los de música popular.

Pero, además de los conciertos en vivo, la gente escucha música de muy diferentes formas, con frecuencia compartiéndola con otras actividades o situaciones. Según el último Anuario de Estadísticas Culturales del Ministerio, el 87,2 % de la población escucha música con regularidad. Y lo hacen en la radio o en los móviles, cada vez más a través de plataformas online donde en segundos encuentran lo que buscan, pueden confeccionar playlists a medida, compartir la música y hasta saber lo que escuchan sus amigos.

La mayor parte de la música se ha entregado a los brazos del espectáculo, como sucede con el conjunto de las artes, llegando a convertirse en un valor estratégico de mercado. Hendrik van der Pol, quien fuera director del Instituto de Estadística de la UNESCO, destacó el papel clave de las industrias culturales y creativas en la economía mundial(4). Hay mucho dinero en juego, pero la creatividad se dirige más a los productos musicales, a su representación, difusión y monetización.

El contenido y las formas de expresión han dejado de ser lo importante.

La publicidad y el marketing pugnan por colocar la música de consumo en el mercado, pero sinceramente, a mí me parecían inofensivos hasta que han caído en las manos del creciente monopolio de los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) entre las que podemos incluir a otras plataformas que están homogeneizando el mundo. Solo China por el momento parece plantarles cara, bloqueando el acceso de todas ellas dentro del país. Pero no vayas a pensar que es por preservar la independencia de sus habitantes, porque a cambio ellos tienen a Wechat, con más de un millón de usuarios –muchos más que WhatsApp–, y tienen a Baidu o a Weibo entre otras, que son las plataformas chinas equivalentes. Todas ellas, claro, controladas muy de cerca por el gobierno para conseguir exactamente el mismo fin que nuestros GAFA: la unidad de pensamiento.

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Antonio Narejos

Referencias
(1) Vargas Llosa, Mario (2012). La civilización del espectáculo, Madrid, Santillana Ediciones Generales, p. 13.
(2) Idem, pp. 33-34.
(3) Idem, pp. 38-39.
(4) Van der Pol, Hendrik (2007). 
Key role of cultural and creative industries in the economy, UNESCO, Canada.

Créditos
Ilustración: Portada de la revista Winter Garten, Juli-Magazin. Fuente: liquidnight