Manuel de Falla y El Greco

La exposición El Greco 1900, en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, nos ha traído a la memoria el redescubrimiento a principios del siglo XX de la obra del genial pintor, tras casi tres siglos de olvido.

La Institución Libre de Enseñanza elaboró un estudio sobre su producción en 1908, pero en buena medida fueron los franceses quienes rehabilitaron a El Greco [1], orientando a los artistas españoles en la construcción de su propia idea de España.

Pintores como Santiago Rusiñol o escritores como Azorín tomaron conciencia de la importancia de recuperar su figura y asimilar su obra. Pero también un músico, como Manuel de Falla, se sintió atraído por su significado estético.

Falla tuvo un contacto revelador con El Greco a través de la lectura, como podemos ver en un cuaderno que manejó a su llegada a París en 1907 y en donde fue anotando fragmentos de algunas de sus lecturas. En este cuaderno, al que tituló Viajes [2], aparecen transcritas varias frases del libro de Maurice Barrés Greco ou Le secret de Tolède, con subrayados que demuestran el gran interés que su lectura le suscitó.

En el libro de Barrés, Falla identifica algunos rasgos del carácter hispano, los cuales según el autor fueron asimilados por El Greco en su pintura, pero a su vez en ellos también podemos reconocer algunos de los principios estéticos de la música de Falla.

Señalaré como ejemplo dos de estas citas que giran en torno a la búsqueda de la esencia. Intentando despojarse de todo lo superfluo, «[El Greco] Elimina todo cuanto no es esencial» [3]. Este proceso de depuración y economía de medios en Manuel de Falla es una constante en su proceso creativo.

Pero también conectará con la búsqueda en el pasado más remoto de las formas de arte aun no contaminado, lo intrahistórico en la voz del pueblo libre de los vaivenes del tiempo y las circunstancias, identificándose con el primitivismo y la ingenuidad de las manifestaciones más puras del canto popular [4].

Esta idea debió verla Falla reflejada en otra cita anotada en su cuaderno: «Delante del sublime modelo que le sobrecoge, delante del alma castellana, El Greco olvida sus habilidades y se hace una retina nueva, una mano de niño, una conciencia de primitivo» [5].

Falla mantuvo su interés por El Greco a lo largo de toda su vida y, hasta en sus últimos años en Agentina, pidió a su amigo Ramón Gómez de la Serna que le enviara los libros de Manuel Bartolomé Cossío, Lo que se sabe de la vida del Greco y El Entierro del Conde de Orgaz.

Falla incorporó a El Greco en su ideario estético y en la obra de éste podemos identificar algunos rasgos de su lenguaje musical. Este vínculo, que desarrollé en mi tesis doctoral, de próxima publicación, fue ya señalado en 1929 por Adolfo Salazar. Pero también el gran escritor francés, Maurice Barrés, quien contribuyera de forma tan importante a la recuperación de El Greco, reconoció precisamente en Falla «al noble intérprete del alma y del fuego de España» [6].

Antonio Narejos

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Notas:
[1] Ver Javier Varela, La novela de España. Madrid, Taurus, 1999, p. 170.
[2] El original, sin publicar, se encuentra en el Archivo Manuel de Falla, en Granada.
[3] Maurice Barrés, Greco ou le Secret de Tolède. Paris, Plon, 1911, pág. 123.
[4] Ver Antonio Narejos, «La huella de Francia sobre Manuel de Falla en la definición del canon de la música española», en Actas del Simposio Internacional: las relaciones musicales entre España y Francia desde la Edad Media hasta nuestros días -Granada 2007- (en preparación).
[5] Maurice Barrés, op. cit. pág. 121.
[6] La frase corresponde a la dedicatoria manuscrita del autor en el libro que Barrés envió a Falla, Un jardin sur l’oronte (Paris, Librairie Plon, 1922) conservada en el Archivo Manuel de Falla.

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