Las horas bajas de la crítica periodística musical

Declaraciones como las del director de cine americano David Fincher acerca de la crítica no son nuevas: “No me interesa la crítica en absoluto“[1]

Los artistas siempre se han referido a la crítica con cierto desdén, incluidos quienes como Debussy la ejercían con cierta frecuencia: «Los críticos… ¿los críticos?… Son chicos estupendos, muy buna gente, estoy seguro. En todo caso, son personas felices. […] Tienen el derecho de juzgar en una hora el esfuerzo, la labor, la gestación de varios años» [2].

Mucho menos elegante fue Beethoven en su crítica de las críticas: «Con respecto a esos imbéciles, no hay sino que dejarlos hablar. Su charlatanería no convertirá a nadie en inmortal ni quitará la inmortalidad a ninguno de aquellos a quienes Apolo la ha destinado… » [3].

Estos ejemplos se refieren, claro está, a lo que podemos llamar la crítica periodística y no a la crítica en el contexto de la estética, la musicología o el pensamiento musical. Lo que podemos entender como la conciencia de la crítica musical surgió en el s. XVIII, en los debates y polémicas suscitados, tertulias y escritos en los que se asumía el poder de la razón para reorganizar la sociedad en base a principios racionales.

En el siglo XIX encontramos ya un modelo de crítica periodística en el que de algún modo se asumía la tutela de los gustos del público. Esta crítica, con nombres como R. Schumann, E. T. A. Hoffmann o E. Hanslick, aspiraba a ofrecer una guía entre las corrientes predominantes en la música, con vocación de formar criterio social y contribuir a la evolución del Arte con mayúsculas.

Pero en el siglo XX, junto a aquella crítica comprometida, se fue abriendo paso otro modelo más próximo a la crónica o al simple comentario que sirviera de intermediación entre los que estuvieron en el concierto y los que no.

Si bien por un lado encontramos todavía en el siglo pasado una línea caliente de la crítica, con Th. Adorno o P. Boulez en Europa y A. Salazar, Ó. Esplá, C. del Campo o  E. Franco en España, la función social que hoy desempeña la crítica es mucho menos excitante.

Y lo es en primer lugar porque el clima de la discusión estética se ha enfriado hasta el punto de que todo vale. En las últimas décadas son muy pocos los críticos que, por ejemplo, se han atrevido a calificar abiertamente de mala una obra musical por mala que sea. En cuestiones como la creación es frecuente que se la cojan con papel de fumar, aunque a la hora de emitir opiniones sobre los intérpretes suelen envalentonarse más.

La progresiva relajación de criterios de juicio compartidos en la sociedad ha llevado a la crítica a un estado de ecuanimidad, casi acrítico. El siglo pasado, que se inició a caballo de las vanguardias históricas, se fue poco a poco domesticando. Se acomodó a la repetición de los mismos clichés transgresores (cada vez más pseudo-transgresores) escondiéndose detrás de la bandera de la originalidad y la innovación a ultranza. Hoy solo quedan los girones de aquellas banderas y algunos recuerdos rotos esparcidos por el campo de batalla. Y mientras tanto, la crítica apenas es capaz de levantar inventario del pasado más reciente y dar cuenta de lo que está sucediendo en la actualidad.

Juan Ángel Vela del Campo, uno de los críticos más solventes en el panorama español actual, vaticinaba en 2009 que el fin de la crítica periodística estaba cerca [4].

Yo encuentro las causas de este declive en tres aspectos:

– Por una parte la escasa implicación de los artistas e intelectuales en la reflexión y la crítica de la música en la actualidad.

– Por otra, la excesiva prudencia de muchos de los críticos más lúcidos, que no quieren salirse del tiesto, y la bravuconería de otros, muchos de los más obtusos, que tienen su propio tiesto lleno de prejuicios adquiridos en tiendas de souvenirs.

– Y por último, el comportamiento del público, que cada vez resiste con menor abnegación que le dicten sus gustos y que prefiere guiarse más por sus propios criterios (incluidos aquí la falta de criterio y los impulsos) o por los que les transmita un amigo.

Los blogs y los foros, pero mucho más las redes sociales como Facebook y particularmente Twitter, están creando nuevas dinámicas alejadas de los juicios autorizados. Quizá el mundo, tal y como como hoy lo conocemos, formado por múltiples voces y opiniones compartidas, nos está conduciendo hacia una crítica más escueta y directa, más dinámica y plural, pero también, más comprometida y desprejuiciada.

Antonio Narejos

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[1] El País 5-01-2012 

[2] Entrevista de R. de Flers a Cl. Debussy, en Le Figaro, 16-05-1902. Publicada en Debussy, Cl. El Señor Corchea y otros escritos Madrid, Alianza Musica 1993, p. 427.

[3] Rolland, Romain. Vidas ejmplares: Beethoven, Miguel Angel, Tolstoi. México, Universidad nacional de México, 1923, p. 84.

[4] Durante la mesa redonda en la que participó durante las I Jornadas sobre la Música en la Región de Murcia organizadas por CIMMA.

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