Jugando el piano

En la mayoría de las lenguas occidentales nadie dice que “toca” el piano. De hecho la expresión española carece de correspondencia literal en aquéllas, donde suele emplearse el mismo término que para la acción de “jugar”: En francés se dice “jouer”, en alemán “spielen”, en holandés “spelen” y en inglés “play”.

¡Jugar el piano!. En español suena como algo poco serio… Aunque “tocar” tampoco es un término que parezca encerrar una magia especial. Referidos a los instrumentos de teclado, en épocas anteriores se empleaban otros como “tañer” o “pulsar”. Así lo encontramos en el Libro llamado Arte de tañer fantasía de Tomás de Santamaría (Valladolid, 1565).

En realidad el término “tocar” tiene dos vertientes diferenciadas. La primera con un sentido real o directo, como palpar o tomar contacto con algo a través de nuestras manos. Aunque también se emplea en sentido figurado, al decir que vamos a dar el toque final a un trabajo, o que hay que (re)tocar algunos detalles. Pero de un modo más sugerente decimos, por ejemplo, que una obra llega a “tocar” la sensibilidad del espectador. Este es el significado que también encontramos en la lengua italiana, cuando se dice que algo o alguien es capaz de “toccare il cuoro” (tocar el corazón). Pero los italianos no emplean la misma palabra cuando se trata de tocar un instrumento musical. En su lugar dicen, por ejemplo, “suonare il piano”, o sea hacerlo sonar. Por tanto, “tocar el piano” no será solo una facultad del tacto, sino que a su vez implicará una acción capaz de producir determinados efectos en el instrumento, y por extensión en las personas que perciben su resultado sonoro. En el ámbito interpretativo musical “tocar” también encierra una intención expresiva. De otro modo, el solo hecho de bajar las teclas, sin un criterio estético que guíe la acción, suele calificarse como “aporrear” el piano.

Pero, volviendo al concepto del juego, en español también tiene otras connotaciones mucho más profundas, como cuando decimos que en algo nos va mucho en juego, o al referirnos al juego de la vida. Jugar de verdad, tomándose en serio el juego, implica aceptar unas reglas que no pueden ser pasadas por alto. ¿No decimos que cuando alguien no se toma en serio el juego es un aguafiestas?. Al mismo tiempo para jugar en serio es necesario estar implicado,  identificándose y entregarse al juego hasta el punto de abandonarse en él. En este sentido Gadamer, siguiendo a Huizinga, dice que «en el jugar se da una especie de seriedad propia, una seriedad incluso sagrada» [1]. Cristóbal Halffter incide en el doble significado del término alemán “spiel”,   usado tanto para referirse al juego como para  la acción de “tocar” un instrumento, resaltando que  «cualquier obra musical, cualquier partitura de cualquier tiempo, sólo existe, sólo se convierte en música -en realidad-cuando se “juega” con ella tomando esta palabra en su más alto significado» [2]. De este modo, el proceso interpretativo es un juego en el que la partitura determina las reglas, al mismo tiempo que necesita ser jugada para poder realizarse. Como en el devenir del juego,  las diferentes interpretaciones de una partitura nunca se viven como una simple repetición, sino que la obra surge siempre como algo nuevo.

¡Juguemos el piano,… pero en serio! 

Antonio Narejos

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Notas:

[1] Gadamer, Hans-Georg. Verdad y método (1960). Ediciones Sígueme – Salamanca, 1977, p. 144.

[2] Halffter, Cristóbal. «Memento a Dresden: su proceso de creación», en Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. n.º 81, segundo semestre de 1995.

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