¿Formamos a los estudiantes para su futuro o para nuestro pasado?

Hace ya ocho años que comenzó la implantación de las enseñanzas artísticas superiores LOE y todavía no se ha planteado la evaluación de las mismas. Quizá ya haya llegado el momento de exigir a las Administraciones y los centros que rindan cuentas de la situación existente y el desarrollo experimentado en nuestras enseñanzas. ¿Hicimos tan bien las cosas a la primera como para que realmente resulte innecesario valorar los resultados obtenidos y aportar algún tipo de mejora? (1)

El mundo está cambiando con gran rapidez, pero nuestro sistema educativo musical permanece anclado en inercias que le impiden conectar con las necesidades reales de la sociedad. Nuestros alumnos son capaces de resolver a la perfección un dictado a tres voces, un bajo en contrapunto florido y tocar de forma impecable los pasajes más exigentes del repertorio, pero no nos estamos preguntando hacia dónde se orientan en su conjunto estas habilidades o si el resultado final es igual a la suma de las partes.

Los desajustes de los programas educativos con las demandas del mercado laboral son cada vez mayores. La primera consecuencia es que tenemos un alto grado de sobrecualificación en nuestros músicos. La mayoría de los titulados, formados para el más alto grado de desempeño artístico y profesional, tienen que conformarse con dar clases en escuelas o tocar en distintos grupos a la vez, haciendo todo tipo de malabarismos, con sueldos y cachés a menudo humillantes y a veces hasta inexistentes. Sin embargo, en otros ámbitos musicales hay personas con mucha menor cualificación obtienen mejores oportunidades de trabajo. ¿Para qué estamos formando a nuestros alumnos? Solo si tenemos respuestas claras a esta pregunta podremos luego plantearnos el modo de conseguir los mejores resultados y ampliar sus opciones de empleabilidad. Y si algo nos está faltando hoy es una reflexión abierta sobre los fines de la práctica educativa para saber hacia dónde vamos.

Una de las cuestiones más urgentes a evaluar son los planes de estudio. Hoy se tiene la impresión de que cada asignatura va por su lado, como coches por los carriles de una autopista, evitando rozarse unos con otros. Todas y cada una de ellas buscan la máxima excelencia, pero lo hacen por separado, y lo cierto es que no existen mecanismos de coordinación y evaluación colectiva que les aporten la necesaria cohesión y coherencia.

Y enmedio los estudiantes, viendo cómo su tiempo se dispersa en buena medida y su esfuerzo, en parte, se está desaprovechando. Esto les impide orientarse en una dirección clara y desarrollar su verdadero potencial para afrontar los retos de la profesión.

En épocas pasadas los currículos tenían una unidad jerárquica, donde el centro lo ocupaba la enseñanza del instrumento. Las demás asignaturas eran relativamente secundarias y con frecuencia no iban más allá de cubrir el expediente.

Luego llegó la LOGSE y se diseñaron currículos que buscaban la formación integral del alumno, pero en las aulas siguieron haciéndose las cosas del mismo modo, con las inercias de siempre. Faltó definir bien lo que se buscaba, alineando los contenidos, y faltó una formación del profesorado adecuada a esos fines. Se pensó de modo global, pero se actuó de manera fragmentada.

Con la LOE las asignaturas se han diversificado y singularizado, han ganado peso específico, pero cada una habita su propio espacio, desconectado del resto. Hay mucho contenido vertical e intensivo, pero falta la dimensión transversal.

Este alejamiento entre las asignaturas se aprecia en situaciones como las siguientes:

  • En Análisis y Armonía los contenidos no se conectan con el repertorio instrumental de cada alumno, ni las metodologías de trabajo se aplican a las obras específicas que están estudiando.
  • El repertorio de Música de cámara no se coordina con el de instrumento principal, como tampoco las características y el nivel de las obras. También es muy raro ver una clase de cámara conjunta, donde participen los diferentes profesores implicados.
  • Las asignaturas optativas con frecuencia se ofertan contando únicamente con las posibilidades y recursos internos de los centros y no pensando en un plan de diversificación de perfiles profesionales -lo que exigiría una inversión en recursos y contratación de nuevo profesorado-.
  • No se está conectando la actividad investigadora que los profesores llevan a cabo en el ámbito de sus asignaturas con el desarrollo e innovación de los centros.

Las condiciones y los medios con los que cuentan hoy nuestros conservatorios superiores no son los más apropiados para abordar con eficacia los temas más centrales. Pero el debate sobre las cuestiones de organización y supervivencia no deberían eclipsar la reflexión colectiva acerca de lo que estamos ofreciendo en nuestros centros.

Es urgente iniciar ya la evaluación de nuestras enseñanzas, desde todos los puntos de vista. No podemos esperar a que se resuelvan los binomios universidad si-no, oposiciones a cátedra sí-no, etc. Hay muchos ejemplos de buenas prácticas en la mayoría de conservatorios que demuestran que sí es posible trascender estas limitaciones. Apoyémonos en estas para poner en marcha una evaluación profunda de nuestro sistema educativo musical y rompamos las inercias que nos impiden mirar al futuro.

Notas
(1) En otro momento abordaré el tema de la evaluación de las enseñanzas artísticas superiores prevista por la LOE en su Artículo 46.2 y que deberían desarrollarse “en el contexto de la ordenación de la educación superior española en el marco europeo y con la participación del Consejo Superior de Enseñanzas Artísticas y, en su caso, del Consejo de Coordinación Universitaria”.

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Antonio Narejos

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