¡No más música por favor!

¡No más música por favor!

Escuchar en mi canal de Podcast:

No tenemos escapatoria. Nos invade la música, más o menos ruidosa. O los ruidos, más o menos musicales. ¡Bendita música, cuando somos nosotros quienes decidimos qué escuchar y en qué momento hacerlo!

Lo cierto es que somos víctimas de una verdadera invasión sonora, y cada vez es más difícil encontrar espacios donde resguardarnos. ¿Por qué Dios se olvidaría de ponernos párpados en las orejas?.

El paisaje urbano está lleno de estímulos sonoros. Voces, alarmas, sirenas, músicos urbanos…  En el supermercado, el hilo musical nos marca el ritmo al que deberíamos hacer nuestras compras. En la radio se imponen ritmos de fondo mientras el locutor dicta las noticias.  ¡Tenemos música hasta en los ascensores!

Todos los aparatos suenan, los teclados de los móviles, las pantallas táctiles de los cajeros o el disparador de fotos digital que simula el típico “clic” de las viejas cámaras analógicas. ¿Por qué todo lo que tocamos tiene que sonar?.

A muchas personas les gusta ponerse música durante el trabajo o la lectura. Yo confieso que no puedo escuchar música cuando hago otra cosa, porque me distraigo, se me va la atención hacia lo que oigo. Será deformación profesional.

Sin embargo, algunas veces los ruidos blancos sí me funcionan, sobre todo cuando estoy en el ordenador. Es como si de golpe se descargara la presión y me fuera más fácil poner el foco en lo que estoy haciendo y olvidarme de todo lo demás.

Los ruidos blancos, esos ruidos de fondo que a muchas personas les ayudan a relajarse o a aumentar su productividad, como el tic-tac de un reloj, el fluir del agua en una fuente o el canto de las chicharras. Hoy que lo estamos digitalizando todo, podemos encontrar muchas aplicaciones para llevarlos en el móvil y echar mano de ellos cuando nos hagan falta.

Si tienes curiosidad, entra en Noisli.com y configura tus ruidos favoritos. Tienes muchas opciones como el viento, la lluvia, el fuego, etc. Y puedes usarlas tal cual o jugar haciendo combinaciones creativas, subiendo y bajando el volumen de cada uno y hasta guardar si quieres tus arreglos para otra ocasión.

Lo cierto es que vivimos en una especie de horror vacui (miedo al vacío) donde predomina la necesidad de rellenar cualquier espacio con algún tipo de sonido. Algunas familias no saben qué decirse durante la comida si apagan el televisor. Otros sencillamente lo tienen conectado todo el día, porque sienten que les hace compañía, o porque les libera de pensar en otra cosa: Hay mucho miedo al silencio.

Sí, muchas personas escuchan música para aislarse. Algunos, encerrados en sus auriculares, dueños de una esfera sonora impenetrable, se sienten protegidos del entorno. Otros simplemente crean sus propios mundos… Quizá sea ahí donde encuentren su experiencia más íntima, aquello que conecta más directamente con sus emociones, sus recuerdos o anhelos.

Como dice Kundera, el hombre moderno «vive en un mundo desertado por el silencio». El sonido impenitente, en todas sus variables, ha llegado a estar tan presente que ya ha adquirido el marchamo de normalidad. Cuando a principios del siglo XX los nuevos ruidos, el de las máquinas y otros aparatos como los transistores o los automóviles, comenzaron a irrumpir en nuestro entorno, éstos eran la excepción. Hoy vivimos en un mundo donde la antigua relación entre ruido y silencio se ha invertido: lo excepcional ya no es el ruido (música incluida), sino el silencio»[1].

(Por cierto ¿En qué pensarán mis vecinos cuando me oigan durante horas trabajar al piano?).

___________
Antonio Narejos

_______________
[1] Milan Kundera: «El velo de la preinterpretación en llamas», en Claves de razón práctica, nº 82, 1998. pág. 2.

Creative Commons License
¡No más música por favor! by Antonio Narejos is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
Based on a work at narejos.es.

Folklore vivo en Barranda

Jóvenes cuadrillerosEste fin de semana visitamos Barranda dispuestos a vivir sus fiestas desde adentro. Esta pedanía de Caravaca de la Cruz apenas alcanza 900 habitantes, pero el último domingo de enero de cada año sus calles y plazas se llenan de visitantes, llegando a superar las 20.000 almas.

Desde hace 31 años Barranda es una explosión de música y bailes populares. En esta ocasión han sido 14 las cuadrillas que se han dado cita, procedentes de toda el área de tradición animera, desde la región de Murcia hasta Albacete y Málaga. La cuadrillas, también llamadas aguilanderos, animeros, rondas o pandas según su ubicación geográfica, tienen una formación instrumental muy similar: Además de las voces (alternando partes corales y a solo) su formación más frecuente está compuesta por un violín, laúdes y bandurrias, además de guitarras, guitarras tenores y guitarros, crótalos, aquí llamados platillos, panderos y castañuelas.

En su origen, las cuadrillas estaban vinculadas a Hermandades religiosas y a la tradición de pedir para las ánimas del purgatorio. Hoy su actividad se extiende a lo largo de todo el año, con su presencia en  las misas de Gallo o de Reyes y en otros momentos puramente festivos como bailes y romerías, ligados con frecuencia a viejas tradiciones como los bailes de pujas o de inocentes.

Una Fiesta intergeneracionalA medio día, y a lo largo de la calle Mayor y adyacentes de Barranda, se sitúan los distintos grupos alrededor de los cuales se abren de forma espontánea espacios para bailar. Aquí encontramos juntos, participando de la misma fiesta y el baile a niños, jóvenes, mayores y ancianos, abandonados todos a la diversión y al goce de la música y la danza.

Por la tarde tiene lugar el choque de cuadrillas, donde la palabra se convierte en el arma de desafío a través de las ingeniosas coplas improvisadas por los “guiones”. Y por la noche, al cobijo del frío el baile sigue, como ellos dicen, «hasta que el cuerpo aguanta».

Jotas, parrandas, pardicas, malagueñas y verdiales fueron los estilos más oídos a lo largo de toda la jornada. Una de las características musicales autóctonas que más me llama la atención en la realización de los ritmos ternarios es que los acordes cambien sobre el tercer tiempo y no al principio del compás, produciendo así una especie de síncopa armónica que le infunde mayor dinamismo al ritmo. Pero el atractivo de la Fiesta no es el de acercarse a ella como a un objeto de análisis. A los músicos con frecuencia nos puede el prejuicio de juzgar la música popular con criterios y valores de propios de la música culta. Para nosotros a menudo al folklore adquiere valor cuando es tamizado y reelaborado por el compositor, como si en su expresión natural tuviera un menor valor artístico…

La participación como espectador no implica una mera presencia externa, sino una implicación en el ritual. En una suerte de transformación esencial, Barranda consigue que el espectador ocupe el lugar de quien canta, de quien interpreta un instrumento o de quien baila. Todos participan en la fiesta sin otro objetivo o intención, sin mayor esfuerzo que dejarse embriagar por ella. En eso consiste la  fascinación de la fiesta, en que se hace dueña de todo aquel que se le acerca. Según Heers el hombre actual, ahogado por objetivos concretos y por la producción, ha perdido contacto con amplias dimensiones de la realidad. «Por consiguiente, la actitud festiva ya no es precisamente un lujo en la vida. Le da al hombre la oportunidad de restablecer unas correctas relaciones con el tiempo, la historia y la eternidad» [1]

Música y baile con los Aguilanderos de BarrandaLa labor de sus anfitriones, los Aguilanderos de Barranda y de Juan Fernández en particular, pero ¿cómo no? la labor de un pueblo entero volcado en la organización, tiene su recompensa en el propio ser de la fiesta y el de su retornar año tras año. Como los ciclos de la naturaleza, el eterno retorno del que hablaba Azorín, siguiendo a Nietzsche, nos da la clave para comprender su esencia… «como esas nubes que son siempre distintas y siempre las mismas», o cuando dice: «La vuelta eterna no es más que la continuación indefinida, repetida de la danza humana» [2].

La de Barranda es la fiesta de música tradicional más antigua de las que actualmente se celebran en España. La programación se complementaba el viernes y sábado con unas Jornadas sobre Cultura de Tradición Oral y con el festival Barranda Folk, hasta altas horas de la noche. Llegamos a tiempo de escuchar a la Banda del Pepo y a Triquel, pero recordaremos de modo particular la seducción del cuentacuentos camerunés Boniface Ofogo, que nos aproximó a la cultura y los valores de los pueblos de África.

¡Cuánto nos queda por aprender si somos capaces de despojarnos de nuestra soberbia racionalista!

Antonio Narejos

_________________
Notas:

[1] Heers, Jacques: Carnavales y fiestas de locos. Península, 1988, pág. 60.

[2] Azorín: Castilla, Editorial Biblioteca Nueva, S.L., Madrid 2001.

Sociedad Protectora de instrumentos musicales

A muchos compositores e intérpretes no les importa demasiado dañar los oídos del sufrido espectador. O quizá sea que, al no tener acceso a lo que sucede en cerebro ajeno, tampoco sienten el menor remordimiento por las consecuencias de sus actos.

Intérpretes siempre los ha habido que ponen a prueba la paciencia y buena disposición del oyente. Pero el caso de muchos compositores contemporáneos es, cuanto menos, peculiar. Desde que Le Sacre du Printemps fuera recibida con pataleos y silbidos en la primavera de 1913, algunos de ellos han extraido una paradójica conclusión: Cuanto mayor sea el rechazo del público mayores serán los valores intrínsecos de la obra. Y, aun más, la magnitud de la protesta se utiliza como medida de su grado de innovación y originalidad. Pequeños "Stravinskys" en potencia, están convencidos de que el tiempo les dará la razón y que su obra (o su lenguaje) prevalecerá como un clásico frente a la ignorancia del público actual.

Pero los instrumentos, los pobres instrumentos musicales no tienen posibilidad de protestar ante las agresiones y humillaciones recibidas por parte de unos y otros.
¿Cuántos compositores de la vanguardia, como cazadores furtivos apostados detrás de una partitura, acechan con sus osadas propuestas a los frágiles instrumentos? ¿Y cuántos intérpretes, con la excusa de que se limitan a hacer lo que está escrito, se prestan, aunque sea a regañadientes, a golpear y arañar violines y contrabajos, destensar bruscamente las cuerdas o hacer todo tipo de inserciones aprovechando cualquier rendija de su estructura?.

Los músicos suelen tener un instrumento "B" para tales vejaciones, de bastante menor alcurnia claro, a los que les cuesta menos maltratar. Pero en muchas salas de conciertos solo hay un piano… Y, como puede suponerse, a él van a parar todas las tortas.Y es que estos intrépidos compositores encuentran el piano uno de los instrumentos más excitantes, ya que contra él pueden emplear la mayor variedad de objetos para percutir las cuerdas, las teclas o el mueble (tales como cepillos, baquetas, varas de metal y hasta guantes de boxeo). Pero aún más, el piano, indefenso, se deja colocar cadenas, tornillos, plastilinas y demás exóticos aditamentos, que tras ensayos y conciertos queda verdaderamente hecho unos zorros.

Cuando al público no le gusta algo sabe defenderse solo, bien sea abandonando la sala o simplemente no volviendo más cuando algo le huele a chamusquina. Pero los instrumentos no tienen escapatoria, salvo que algún avispado jefe de sala esté presente en el momento de la agresión y pueda parar los pies (o las manos) al intérprete. Por supuesto muchos músicos se niegan a tocar determinado repertorio, o adaptan las obras a escondidas para salvaguardar la integridad instrumental. No obstante muchos perversos planes compositivos se difunden impunemente entre determinados colectivos, en complicidad con instrumentistas, llegando a consumar los más vergonzosos abusos.

Igual que en épocas pasadas existieron reglas de contrapunto y de armonía, que por otra parte ya hace tiempo fueron derogadas excepto en las programaciones de los conservatorios de música, ¿por qué nadie propugna un código mínimo de respeto hacia los instrumentos musicales?. Y ¿por qué no crear una Sociedad en defensa de su dignidad y en favor del derecho a salir indemne tras un concierto?.

 ¡Cuánta ignominia han tenido que sufrir los nobles instrumentos en nombre del progreso musical!

Antonio Narejos

Creative Commons License
Sociedad Protectora de instrumentos musicales by Antonio Narejos is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
Based on a work at narejos.es.
RSS
Facebook
Google+
http://narejos.es/blog/category/experiencias/page/2
Twitter